Todos somos (un poco) esquizofrénicos

Seguimos sacándole partido al espléndido libro Cambia el chip” de Chip y Dan Heath…

Clocky, es un reloj despertador que inventó Gauri Nanda, un alumno del Massachusetts Institute of Technology (MIT). No se trata de un despertador ordinario, ya que tiene ruedas. Pone la alarma por la noche, y cuando suena por la mañana, se escurre de la mesilla, empieza a recorrer la habitación, y le obliga a levantarse para pararlo. Imagínese la escena: andando a gatas por la habitación en pijama, persiguiendo y maldiciendo a un reloj que no para de correr.

El reloj le garantiza que no se dormirá. Y aparentemente es un temor bastante común, ya que en sus dos primeros años en el mercado, se vendieron más de 35.000 unidades, a 50 dólares cada una (a pesar de que el marketing fue mínimo).

El éxito de este invento dice mucho de la psicología humana. Lo que demuestra, fundamentalmente, es que padecemos esquizofrenia. Una parte de nosotros, nuestro lado racional, quiere levantarse a las 5.45, para tener tiempo suficiente para ir a correr antes de ir a la oficina. La otra parte, el lado emocional, se despierta en la oscuridad de la mañana, dormitando bajo el calor de las sábanas y las mantas, y lo único que quiere es dormir unos minutos más. Si, como nos pasa a nosotros, su lado emocional tiende a ganar estos debates internos, usted podría ser un cliente potencial del Clocky. Lo bueno del reloj es que permite que el lado racional se imponga al lado emocional. Es simplemente imposible quedarse acurrucado bajo las sábanas cuando un despertador desobediente no para de dar vueltas por la habitación.

La esquizofrenia es algo que llevamos muy adentro, pero no pensamos mucho en ello porque estamos acostumbrados. Cuando empezamos un régimen, nos quitamos de en medio los Cheetos y las Oreo porque nuestro lado racional sabe que cuando nuestro lado emocional tiene un antojo, es muy difícil que seamos capaces de controlamos. La única solución posible es eliminar totalmente la tentación. (Por cierto, un estudiante del MIT se haría de oro si diseñara unos Cheetos que se desintegraran cuando la gente estuviera a régimen.) La conclusión inevitable es ésta: nuestro cerebro no tiene una sola mente.

En psicología, la sabiduría convencional afirma que en el cerebro hay dos sistemas independientes que funcionan simultáneamente. Por una parte está el lado emocional. Es nuestra parte instintiva, la que siente dolor y placer. Por otra, está el lado racional, también conocido como sistema consciente o reflexivo. Es la parte que delibera y analiza y mira hacia el futuro.

La tensión que existe entre ambos se entiende perfectamente con una analogía que utilizó el psicólogo de la Universidad de Virginia, Jonathan Haidt, en su maravilloso libro The Happiness Hypothesis.Haidt dice que nuestro lado emocional es un Elefante y nuestro lado racional es su Jinete. Encaramado sobre el Elefante, el Jinete sujeta las riendas y parece ser el líder. Pero el control del Jinete es precario porque es muy pequeño comparado con el Elefante. Cada vez que el Elefante, de seis toneladas, y el Jinete difieran con respecto a la dirección a seguir, el Jinete perderá. No tendrá nada que hacer.

Muchos de nosotros estamos muy familiarizados con situaciones en las que nuestro Elefante se impone a nuestro Jinete. Seguro que lo habrá experimentado si alguna vez se ha dormido, ha comido demasiado, ha llamado a su ex a media noche, ha dejado de hacer algo que tenía que hacer, ha intentado dejar de fumar y no lo ha conseguido, no ha ido al gimnasio, se ha enfadado y ha dicho algo de lo que se arrepiente, ha dejado sus clases de inglés o de piano, se ha negado a hablar en una reunión porque tenía miedo, etc. Menos mal que nadie lleva la cuenta.

La debilidad del Elefante, nuestro lado emocional e instintivo, está clara: es perezoso y caprichoso, normalmente prefiere la gratificación inmediata -un helado- a la gratificación a largo plazo -estar delgado-. Cuando los esfuerzos de cambio fracasan, suele ser culpa del Elefante, ya que el tipo de cambio que queremos suele implicar sacrificios a corto plazo para obtener compensaciones a largo plazo. (Recortamos gastos hoy para tener un mejor balance de situación el año próximo. Evitamos el helado hoy para tener un cuerpo mejor el año próximo.) Los cambios suelen fracasar porque el Jinete simplemente no puede mantener al Elefante en el buen camino para llegar al destino.

El ansia del Elefante por la gratificación inmediata es lo opuesto a la fortaleza del Jinete, que tiene capacidad para pensar a largo plazo, planificar, pensar más allá del momento (todas esas cosas que su mascota no puede hacer).

Pero lo que tal vez le sorprenda es que el Elefante también tiene fortalezas enormes y que el Jinete tiene debilidades muy serias. El Elefante no siempre es el malo. La emoción es el territorio del Elefante. Amor, compasión, simpatía y lealtad; el instinto animal que tiene de proteger a sus hijos del dolor. Ése es el Elefante. Ese dolor tan agudo que siente cuando necesita defenderse. Ése es el Elefante.

Y más importante: si está contemplando un cambio, el Elefante es el que consigue que se hagan las cosas. Para progresar hacia un objetivo, tanto si es noble como si no, hay que tener la energía y la determinación del Elefante. Y esta fortaleza es el reflejo invertido de la gran debilidad del Jinete: que no deja de darle vueltas a las cosas. El Jinete tiende a analizar y a pensar excesivamente en las cosas. Es muy probable que conozca gente con los problemas del Jinete: un amigo que se puede pasar 20 minutos pensando qué va a cenar; un colega que puede pasarse horas pensando en nuevas ideas y que no parece capaz de llegar a ningún sitio.

Si quiere que las cosas cambien, tiene que apelar a ambos. El Jinete aporta la planificación y la dirección, y el Elefante aporta la energía. Por lo tanto, si llega a los Jinetes de su equipo pero no consigue llegar a los Elefantes, su equipo tendrá comprensión sin motivación. Si llega a los Elefantes pero no a sus Jinetes, tendrá pasión sin dirección. En ambos casos, los errores pueden resultar paralizantes. Un Elefante reticente y un Jinete que piense demasiado pueden hacer que no se produzca ningún cambio. Pero cuando los Elefantes y los Jinetes van al unísono, el cambio se puede producir fácilmente.

Si el Jinete y el Elefante no coinciden en el camino a seguir, hay un problema. El Jinete puede seguir su camino temporalmente, puede sujetar las riendas con la suficiente fuerza para someter al Elefante. (Cada vez que utiliza la fuerza de voluntad, hace exactamente eso.) Pero el Jinete no puede ganar la batalla a un animal tan enorme durante mucho tiempo. Simplemente acaba exhausto.

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Palomitas rancias y el comportamiento humano

Hoy quiero compartir con vosotros una interesante investigación sobre el comportamiento humano con la que comienza el espléndido libro Cambia el chip” de Chip y Dan Heath. Allá voy…

Un sábado del año 2000, unos cuantos aficionados al cine confiados acudieron a una sala de las afueras de Chicago, a la sesión de las 13.00, para ver Payback, de Mel Gibson. Les invitaron a palomitas y a un refresco y les pidieron que al finalizar la película se quedaran unos minutos para responder a unas preguntas sobre la tienda del cine. Estos aficionados estaban participando, sin ser conscientes, en un estudio sobre los hábitos alimentarios irracionales.

Las palomitas que les ofrecieron tenían algo especial. Eran asquerosas. De hecho, habían hecho todo lo posible para que lo fueran. Las habían hecho cinco días antes y estaban tan pasadas que crujían cuando te las comías. Más tarde, uno de los participantes, las comparó con las virutas de poliestireno que se utilizan para embalar, y otros dos, olvidando que habían sido gratis, pidieron que les devolvieran el dinero.

A algunos les dieron las palomitas en un cubo de tamaño mediano, y a otros en un cubo grande, el típico cubo que parece que antes había sido una piscina desmontable. Todos recibieron un cubo de palomitas, de modo que no tuvieron necesidad de compartir. A los investigadores responsables del estudio sólo les interesaba una cosa: ¿comerían más los que tuvieran el cubo más grande?

Los cubos eran tan grandes que nadie se podía acabar su ración individual. Pero la pregunta de la investigación era un poco más específica: ¿comería más el que tenía una cantidad inacabable mayor de palomitas que el que tenía una cantidad inacabable menor?

Los investigadores pesaron los cubos antes y después de la película, para saber exactamente la cantidad que había comido cada uno. Los resultados fueron sorprendentes: los que tenían los cubos más grandes habían comido un 53% más de palomitas que los que tenían los cubos medianos. Esto es equivalente a 173 calorías más y a meter la mano dentro del cubo aproximadamente 21 veces más.

Brian Wansink, autor del estudio, dirige el Food and Brand Lab de la Comell University, y describió los resultados en su libro Mindless Eating: «Hemos hecho otros estudios con palomitas, y los resultados siempre han sido los mismos, aunque hayamos cambiado los detalles. Da igual que los participantes sean de Pennsylvania, Illinois o Iowa, y da igual el tipo de película proyectada; todos nuestros estudios sobre palomitas siempre han llevado a la misma conclusión. La gente come más cuando tiene un recipiente más grande. Y punto».

Ninguna otra teoría explica el comportamiento. Estas personas no comían por placer -¡las palomitas estaban rancias y duras!-. No les movía el deseo de acabar su ración -ambos cubos eran demasiado grandes para terminárselos-. Da igual que tengan hambre o que estén llenos. La ecuación siempre es la misma: recipiente más grande = comen más.

Lo mejor del caso es que se negaban a aceptar los resultados. Al finalizar la película, los investigadores hablaron con los participantes sobre el estudio del tamaño de los cubos y las conclusiones de sus investigaciones pasadas. Les preguntaron: ¿creéis que coméis más por tener un cubo más grande? La mayoría se burlaron de la idea, diciendo «estas cosas no me hacen ninguna gracia» o «sé perfectamente cuándo estoy lleno».

Suponga que le enseñaran los datos del estudio de las palomitas pero que no le dijeran nada del tamaño de los cubos. En el resumen de los datos podría escanear rápidamente los resultados y ver qué cantidad de palomitas había comido cada uno -algunos pocas, otros muchas, y algunos parecen estar poniendo a prueba los límites físicos del estómago humano-. Con todos estos datos a su disposición, le resultaría fácil sacar conclusiones: a algunos les gusta picar razonablemente, otros son extremadamente glotones.

Probablemente, un experto en salud pública que estudiara los mismos datos se preocuparía por los glotones: ¡Hay que motivarlos para que adopten hábitos alimentarios más sanos! ¡Hay que encontrar la manera de demostrarles lo peligroso que es para su salud comer tanto!

Pero un momento. Si quiere que coman menos palomitas, la solución es bastante sencilla: deles cubos más pequeños. No tendrá que preocuparse por sus conocimientos o actitudes.

La clave es transformar un problema de cambio sencillo (reducir el tamaño del cubo) en un problema de cambio complejo (convencer a la gente de que piense de forma diferente). Lo que parece un problema de las personas suele ser un problema de la situación.

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Estupidez humana (pt 1)

Sí, la estupidez humana. ¿Que gran tema, no? Recuerdo una peli de finales de los 90 de Lars von Trier que profundizaba y dramatizaba esa teoría de que todos llevamos a un imbécil dentro de nosotros. El director danés trataba el tema con su habitual mala baba y sentido provocador. Yo prefiero compartir con vosotros una anécdota de hace ya algunos años y que puede que haya contado alguna vez en clase.

Un caluroso día de junio impartía una jornada de formación para un grupo de directores de oficina de una entidad financiera. Mi clase estaba enmarcada dentro de un ambicioso programa que incluía una jornada mensual durante un año sobre diferentes temas que teóricamente podían ayudar a mejorar la eficacia de dichos directivos.

En el planning de la jornada tocaba comer en la cafetería de la escuela de negocios donde desarrollábamos la sesión. Al llegar a la cafetería me fijé en que habían dispuesto tres mesas redondas para nosotros; dos en el interior y otra en la terraza. En este tipo de distribuciones suelo esperar a que se sienten los alumnos para sentarme yo por si acaso ya tienen sus sitios “asignados.” Me toca una silla en una de las mesas interiores y empezamos a comer. En seguida en la conversación surge el tema de los “enchufados de la terraza.”

«Que morro tienen… como se nota de donde vienen… ya llevan tres meses comiendo en la terracita como marqueses… al menos desde la central podrían disimular un poco, ¿no?» Estos eran algunos de los comentarios de mis compañeros de mesa sobre el evidente privilegio que se había otorgado al selecto grupo de alumnos que llevaban desde abril comiendo en la terraza. Obviamente yo aproveché para preguntar por semejante injusticia y el resto de comensales me expuso con sobrada vehemencia y cierta frustración los diferentes motivos que ellos pensaban que habían llevado a que ese grupo fuera mimado de una manera tan indisimulada.

Poco antes de terminar de comer, de camino al servicio, mientras pasaba por la otra mesa de “desfavorecidos” escuché como hablaban sobre el mismo tema: “los enchufados de la terraza.

Finalizada la comida, me acerqué al camarero que nos había servido y le pregunté porqué una mesa comía en la terraza y las otra dos en el interior. «Ah! ¿Pero los de dentro también quieren comer fuera? Hace unos meses los de esa mesa me preguntaron si podían comer en la terraza y por eso se preparó la mesa fuera. Pero las otras dos no han preguntado nada y por eso las preparamos dentro. ¿Es que también quieren la mesa fuera para la próxima clase? Ponemos las tres fuera y punto, sin problema.» Yo le miraba con expresión divertida y obviamente le contesté… «No, los de “dentro” están encantados con sus mesas. Prefieren el aire acondicionado que pasar calor fuera.» … mientras pensaba… “que se jodan, haber preguntado.”

Por la tarde no pude resistirme y al final les conté lo sucedido a todos los alumnos. Uno de ellos incluso me contestó amargamente que el camarero les tendría que haber preguntado a todos si querían comer en la terraza. Y, a riesgo de que luego me fusilara en las encuestas -como efectivamente hizo-, yo le respondí: «Tío, eres muy tonto»

Amenizamos este post con Dr Explosion, irreductible trio asturiano que han llevado a la máxima esencia y con estimable enjundia su defensa de la estupidez humana.

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Como venden los monos

No es habitual pero en alguna ocasión en clase he contado un chiste. Y mis alumnos entienden porque no me gano la vida como humorista. En realidad mis chistes solo son una manera de explicar algo importante de una forma aparentemente graciosa e inocua. Siempre he pensado que los chistes -como los refranes o las caricaturas- tratan de aportar luz sobre los aspectos más complejos de la existencia humana pero de una manera sutil. ¿Recordáis las comedias de Berlanga durante el franquismo?

A veces en clase los comerciales se quejan de su jefe de ventas o de su director comercial. Siempre que este no esté en clase, claro. Entre otras cosas, describen cuando a su jefe se le ocurre acompañarles a visitar a algún cliente. En teoría este tipo de acompñamiento debería tener muchas ventajas, ¿no? Bueno, algunas tiene, aunque también se le suman no pocas desventajas. Estas visitas compartidas a clientes puede que sea una de las tareas menos tratadas a nivel formativo en la mayoría de las empresas. ¿Están preparados los jefes para ayudar realmente en estas visitas? ¿Saben como aportar valor sin “estorbar”? ¿O solo es una manera como otra cualquiera de fiscalizar?

Cuando los comerciales narran las aportaciones de sus jefes en esas entrevistas suelo pensar en los monos. No en cualquier tipo de mono. Pienso en esos chimpancés especialmente dotados que han sido formados para realizar tareas asombrosas.

Y a veces se me escapa el chiste de los monos de la NASA.

“Atención, aquí Cabo Cañaveral … mono #1 … active propulsores”

 Y el chimpancé nº1 comienza a tocar con destreza los botones de la consola principal para activar los propulsores.

“Atención, aquí Cabo Cañaveral … mono #2 … reactive retroalimentacion.”

Y el chimpancé nº2 comienza a tocar también con destreza los botones de la consola auxiliar para reactivar la retroalimentacion.

“Atención, aquí Cabo Cañaveral … Sr. Rodriguez …

Y el Sr. Rodríguez añade antes de dejar terminar la frase a su compañero de la NASA: “Si ya sé, ya sé. Que no toque na y les dé de comer a los monos”

NOTA: En sus distintas versiones a veces se cambia al personaje “Sr. Rodríguez” por “lepero” o “Sra. Maria.” En otras versiones sudamericanas se sustituye por “gallego.” En fin, no hay nada más sano que reírse de uno mismo. Por cierto… Feliz año nuevo chino. ¿El año del mono, no? Todo cuadra siempre.

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El declive de la venta relacional

El viernes pasado acudí a una nueva gala en Alicante de Encuentros Now contra la ELA. Fernando Botella y Jorge Blass con su espectáculo “La Fuerza de la Ilusión” lograron fusionar maravillosamente algunos conceptos clave asociados a la actitud mientras nos ilusionaban y asombraban a los más de mil espectadores con su magia -la de sus trucos e ilusiones, y la personal que ambos derrochan-. Enhorabuena a los dos y a mi buen amigo Juanqui Requena por traerles.

Esta mañana volvía a pensar en la magia y en sus diferentes acepciones y formas en las que se nos presenta. Sí, en nuestras vidas hay muchas clases de magia. Sin darnos cuenta convivimos con ella a diario. En mi vida uno de esos momentos mágicos se da cuando un libro -o una película o una canción- expresa nítidamente algo que venía barruntando en secreto y casi de manera inconsciente desde hacia tiempo. Es como si alguien ajeno diera forma y sentido a algo que crecía en mi pero que no acababa de aflorar. Y esto me ha pasado con parte del mensaje de “El vendedor desafiante” de Matthew Dixon de Empresa Activa.

Con el permiso de Dixon, voy a fusionar algunas de sus palabras y editarlas junto con reflexiones propias. Thanks.

Es interesante constatar los cambios revolucionarios que se han dado en la mayoría de departamentos de compras de muchas empresas. Nuevas y poderosas metodologías de compra tales como las estrategias de segmentación de los proveedores y sofisticados modelos de la gestión de la cadena de abastecimiento han modernizado y profesionalizado la labor de los compradores profesionales.

Sin embargo, los vendedores…

Parece que el viejo consejo “Forja relaciones primero y las ventas vendrán a continuación.”, ya no es verdad. Obviamente, esto no quiere decir que las relaciones no sean importantes. Tal vez una explicación mejor es que la relación y la decisión de compra se han disociado. Hoy con frecuencia se oye decir “Tengo una relación estupenda con este vendedor, pero le compro a la competencia porque me ofrecen un valor mejor.” Personalmente creo que un cliente es el resultado y no la causa de una venta de éxito. Es una recompensa que el vendedor se gana creando valor para el cliente, es entonces cuando nos ganamos el derecho a la relación. ¿Qué sencillo, no? En el prólogo, Neil Rackham expresa “Claro, va en contra de la lógica, pero es sensato. Debería haberlo sabido.”

No se critica la relación con el cliente. “Si sus clientes no saben quien es usted, o peor todavía, les desagrada, lo primero es arreglar esto. Pero en el nuevo entorno empresarial que se está construyendo, la familiaridad por si sola no es suficiente para vender.” Sí, hasta hace muy poquito bastaba.

Un forjador de relaciones se entrega a construir y nutrir sólidas relaciones y cultivar defensores personales y profesionales en toda la organización del cliente. Son muy generosos y se esfuerzan mucho para garantizar que se satisfagan las necesidades del cliente. Su principal actitud con los clientes es, en gran medida, su accesibilidad y servicio. “Cualquier cosa que necesites” –le dicen a los clientes- estoy aquí para conseguirla. Solo tienes que decirlo.“ Hasta hace muy poco eran los nº1, los putos amos de la facturación del departamento comercial.

¿Eres uno de esos forjadores de relaciones que últimamente se queja de sus números y de lo desagradecidos que son muchos de tus viejos clientes? Entonces, amigo, o cambias tu estilo o seguramente estás condenado a desaparecer. Y mira que lo siento. Pero… I don´t need you (que diría el cliente.)

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Vender a pesar de lo que cuentas

Bowie ha muerto. Cuando alguien de su talla fallece un torrente de páginas y páginas ensalzan las virtudes de tan excelso autor. Yo voy a quedarme a mitad de camino. Con Bowie siempre he mantenido una ambigua relación (muy en consonancia con su misma naturaleza). Les cuento. Una de las cosas que más se valora en su carrera es su capacidad para mutar, para cambiar, para adaptarse -e incluso iniciar- nuevas corrientes, tendencias y estilos. Pues esta cualidad seguramente es lo que menos me ha atraído de su perfil. Hay discos de Bowie que me encantan pero otros me dejan frío. Esos cambios constantes hacen que la producción -la elección del sonido del álbum- en muchas ocasiones no me llegue. En mi caso, el mojo no es la producción (tan alabada en muchas de las críticas.) A veces me suena demasiado ampulosa y barroca, o demasiado atado al contexto y con excesiva necesidad de mostrar constantemente el futuro. En mi caso, son LAS CANCIONES. Bowie me convence a pesar del sonido, no gracias a él.

Este año 2015 he desarrollado un ambicioso proyecto formativo para una importante empresa logística. Y uno de los temas tratados era muy… “Bowie.” Muchos vendedores han aprendido a vender exagerando. Cuentan las maravillas de su servicio y al mismo tiempo rezan en secreto para que lo que han verbalizado se cumpla. Creen -porque siempre lo han hecho así- que deben garantizar unas condiciones en el servicio (en este caso sobretodo asociadas a tiempos de entrega) que saben perfectamente que en muchos casos no se van a poder cumplir. Prometen cosas que dependen de imponderables y que solo en unos pocos casos excepcionales se darán así. Pero creen que si no exageran no habrá una diferencia sustancial con la competencia.

Lo gracioso del asunto es que el cliente, que no es tonto y ya ha contratado en innumerables ocasiones servicios de este tipo, sabe perfectamente que la promesa es excesiva. Pero -justamente como no es tonto- se calla y la asume como cierta. Contrata el servicio, y cuando no se cumplen algunas de las promesas trata de renegociar el precio pactado aludiendo que el servicio ofrecido no está al nivel prometido. Pero él ya sabía que era muy probable que esto pasara, ya contaba con ello.

Al igual que hacen muchos expertos en selección de personal cuando reciben curricula donde los candidatos prometen un nivel alto en un idioma pero no hay ninguna justificación clara sobre ese nivel (estancia en el extranjero, algún título, etc), normalmente aplican un coeficiente reductor de ese nivel. Y cuando llaman a la entrevista al candidato lo hacen a pesar de la exageración, no gracias a ella.

“9 de cada diez dentistas recomiendan…” ¿Alguno creemos que de verdad se ha realizado una encuesta seria con dentistas? “Este libro le cambiará su manera de pensar y logrará que usted sea un triunfador.” “Quiero presentarte a un chico fabuloso, guapísimo, encantador, inteligente, amable y cariñoso.” Cuidado con las promesas.

En el caso de mis alumnos logísticos, el cliente aprovecha la exageración -en la que nunca confió del todo- para renegociar el precio a la baja. El vendedor vende pero no gracias a lo que dice, sino a pesar de ello.

PD: Este es mi tema favorito de Bowie, seguramente entre mis 50 canciones favoritas de todos los tiempos.

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Just like Christmas

Les confesaré que siempre me han gustado las navidades. Es sí, con el paso de los años las razones de esta atracción han ido mutando de manera más o menos coherente.

Y, para rematar la jugada, hace unos días leí una noticia de esas que hace que aumente mi fe en el ser humano y la esperanza en la bondad infinita del hombre cuando centenares de individuos desconocidos se unen para luchar por causas más grandes que nuestra mísera existencia. Les copio lo que hace unos días leí asombrado, casi perplejo, y tremendamente ilusionado y feliz de pertenecer a la raza humana…

 “En el mundo hay ya demasiado sufrimiento tal y como es. Hay que detener esto. Hemos quemado selvas, envenenado océanos, contaminado el aire, enviado basura espacial a la órbita terrestre y generado suficientes desperdicios para cubrir países enteros. Es el momento de dibujar una línea en la arena y detener esta locura. No podemos permitir que Phil Collins vuelva al trabajo o las futuras generaciones nunca nos lo perdonarán” señala uno de los firmantes de esta petición, alojada en la página web Change.org, y que ya ha sumado 4.350 adhesiones que le piden al ex-bateria de Génesis que abandone la idea de volver a meterse en el estudio.

“Oficialmente, ya no estoy retirado”, declaró a finales de octubre Collins, que ha superado una mala racha en la que él mismo reconoce que mató el tiempo “viendo la televisión y bebiendo”, pero que prevé grabar nuevos temas en los próximos meses e iniciar una gira en 2016.

Hay gente que cree que todo es una broma pero algunos entendemos la importancia crucial de tamaña cruzada. “¿Alguien piensa de verdad que se va a enviar una carta a la ONU?”

Esperemos que sí, ¿no?

PD: Les incluyo un fantástico karaoke navideño como regalo. Hasta el 2016.

PD 2: Como obviamente no voy a manchar este post con alguna canción del tipo en cuestión, me despido con lo que podría ser su primo del lado oscuro.

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