¿Hablando de Persistencia sin sonar baboso?

En el prefacio del jugoso libro “En busca de los discos perdidos” de Eric Spitznagel, Jeff Tweedy -¿es necesario mencionar que es el líder de Wilco? ¿en serio?- comparte un trascendente episodio vital que seguro aportará luz a muchas vidas vacías y carentes de sentido. Es la prueba palpable de que puede hablarse de superación, de retos personales y del poder de la persistencia sin tener que incluir a putos gatitos o atardeceres de mierda en power-points horteras. Falta poco para que alguien se líe a tiros en una conferencia donde vuelvan a ponernos imágenes tan cursis y repelentes. Thanks, Mr. Tweedy…

“Cuando era pequeño había una tienda Target en un pueblo cercano donde mi madre solía ir a hacer la compra de vez en cuando. Yo la acompañaba y me dedicaba a pasar el rato y mirar discos mientras ella iba a lo suyo. Tenían un ejemplar a la venta del London Calling de los Clash, y yo lo deseaba desesperadamente, pero llevaba un adhesivo en la portada que decía PARENTHAL ADVISORS, EXPLICIT CONTENT, STRONG LANGUAGE, o algo igual de disuasorio. Y tenía que arrancarlo. Era imposible que mi madre me comprara un disco con una advertencia de “contenido explícito” en la portada.

Intenté rascar el adhesivo con las uñas, pero no lo arranqué del todo bien, y para cuando nos íbamos solo había conseguido deshacerme de más o menos una tercera parte. Así que escondí el disco en una sección distinta y me prometí que volvería a por él.

Regresamos dos semanas después, y el London Calling seguí estando allí. Me fui de cabeza a seguir trabajando en él, rascando el adhesivo como un gato en un sofá nuevo. Esta vez logré arrancar otra tercera parte de la pegatina antes de que tuviéramos que irnos. Aquellos adhesivos eran sorprendentemente resistentes.

No regresamos hasta dos meses después, y yo estaba convencido de que el London Calling ya no estaría allí. Pero allí estaba, y esta vez conseguí deshacerme por completo de la pegatina. Me llevé el disco hasta donde estaba mi madre y le pregunté tan espontáneamente como pude:  – Eh! ¿me puedo llevar esto?

Ella lo miró, se encogió de hombros y dijo:   – Sí, claro.

Lo arrojé sobre el carrito, maravillado por haber sido capaza de consumar un crimen perfecto.

Todavía tengo aquel disco. Se pueden distinguir las huellas de mis uñas en la portada, en la zona donde horadé el rectilado para atacar el adhesivo de EXPLICIT CONTENT. Me gusta que ese rastro siga estando allí. Es la prueba de que el disco no sucumbió tan fácilmente. Yo era como el personaje de Tim Robbins en Cadena Perpetua, que cava lentamente su camino rumbo a la libertad con un martillo, desmenuzando el muro, con la esperanza de que el alcaide no lo advirtiera.

Me acuerdo de lo alucinado que me sentí cuando por fin pude escuchar a los Clash. Aquella no era la clase de música que te comprabas, escuchabas unas cuentas veces, devolvías a la estantería y de la que luego te olvidabas. Era contrabando. Cada vez que depositaba el London Calling sobre un tocadiscos, la sensación de peligro se podía cortar con tijeras. Estaba bastante seguro de que un equipo de las fuerzas especiales iba a derribar la puerta de mi dormitorio para llevarse el disco.

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