Conflictos de altos vuelos

Me gustan los conflictos. Bueno, no se si la palabra “gustar” es la adecuada. Digamos que los conflictos son mi “rollo”, es mi tema, es mi razón laboral. Todos, o casi todos, los cursos que imparto nacen de un conflicto: no me reciben, no me compran, me compran poco, no quieren volver a comprarme, no me pagan, no sé como ofrecer eso sin molestar, no sé como llegar a acuerdo, no me hacen caso, no quieren hacer esto, etc… Todas las acciones orientadas a resolver algo a través del lenguaje conllevan un conflicto (o problema, o desliz, o inconveniente o llámalo como quieras.) Y este es mi “tema.” por eso, cuando en mi vida personal surge un conflicto del que yo solo soy un espectador tengo una sensibilidad o curiosidad extrema (a veces insana) en analizar cómo lo enfocan los actores principales.

La semana pasada fui a Barcelona a impartir una sesión de transferencia de un curso que desarrollé antes del verano. En el avión de Vueling de vuelta, llevábamos un rato dentro del avión esperando a que nos dieran luz verde para despegar y las caras y murmullos de queja-hastío-cansancio de muchos pasajeros empezaban a ser notables.

Y entonces, como suele ser habitual, el comandante tomó el micrófono para tratar de apaciguar los ánimos. Pero lo que hizo poco tiene que ver con lo que he escuchado en innumerables ocasiones. El piloto se llamaba Iván Chirivella y quiero contaros lo que hizo.

Se presentó y presentó a su tripulación. Confirmó que estaba a la espera de confirmación para el despegue pero no trató de calmar directamente a los pasajeros, ni informó sobre el tiempo previsto de espera. En lugar de eso, empezó un pequeño y fresco monólogo que dejó a la gran mayoría descolocada (al principio) y sonriente a medida que su storytelling iba cogiendo forma.

Nos habló de la velocidad a la que volaríamos mostrada en una variable asociada a la velocidad del sonido. Nos instó a convertirla a kilómetros dándonos la fórmula matemática. Compartió con nosotros la curiosa paradoja de que en Alicante estaban a 32º centígrados y que cuando estuviésemos volando en el exterior del avión estaríamos a -32º centígrados. El peso del avión con pasajeros equivalía a 63 elefantes. Nos contó qué cosas podríamos divisar en el trayecto (el delta del Ebro, segundo más grande del mediterráneo tras el Nilo y el –no demasiado concurrido- aeropuerto de Castellón. ) Y el final de su monólogo –ya con todo el mundo callado escuchando con media sonrisa al humorista amateur- fue algo así como… “Por favor, relájense y disfruten del vuelo. Traten de olvidarse de los problemas, del trabajo y de todo lo mundano. Nuestro personal de vuelo es fabuloso pero si no lo hacen bien, díganmelo y los mandaremos al rincón de pensar.” La entoncación, los silencios, los cambios de ritmo denotaban que este tipo dominaba las artes escénicas de la interpretación.

Miré mi reloj para calcular los 7 minutos que había durado su speech. Tras unos segundos de encendidos aplausos de TODOS los pasajeros, y tras 3 segundos empezó de nuevo con todo el arsenal pero esta vez en inglés. Y las sonrisas se tornaron carcajadas.

Es cierto que he escuchado mejores monólogos. Pero es el mejor que he escuchado nunca en un avión. Al menos contado por el comandante. ¿Y las caras y murmullos de queja-hastío-cansancio de los pasajeros? Esfumadas como por arte de magia. Algo, aparentemente fuera de sus medios fue fabulosamente controlado y sepultado.

PD: Buscando el nombre del piloto por internet descubrí una noticia de El País en el 2013 que habla de… “Iván Chirivella, canario, de 27 años, tuvo enfrente todos los días a dos de los kamikazes que hicieron desaparecer las Torres Gemelas el 11-S de 2001. Como instructor les dio clases de vuelo durante dos meses. Una historia que narra en Cómplice inocente (Martínez Roca), que ayer presentó, junto a la periodista Alicia Mederos, que lo convenció para escribirlo.” ¿Será el mismo? ¿Es muy posible, no? Todo encaja.

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