Frenos y aceleradores

Las cosas no siempre salen como uno ha planeado. En realidad, pocas veces salen como esperabas. Y no necesariamente el tema es peor. Simplemente, se da algo distinto.

Era un caluroso mes de septiembre del 2006 en Nueva York. Mi mujer y yo pasábamos veinte días descubriendo por primera vez la gran manzana. Entre las muchas cosas que hicimos, obviamente, estaba planificado acudir a un par de conciertos: Lambchop y Long Winters en un garito del Bowery. ¿Pero dos conciertos en 20 días en Nueva York es un mísero botín, verdad? Una mañana, hojeando algún diario local descubrí que Sufjan Stevens tocaba en un par de días en un teatro del centro. A finales del año anterior, su álbum “Illinois”, inesperadamente, se había colado entre mi lista de lo mejor del año. En el periódico indicaban que todo estaba vendido pero -como no soy nuevo en estos menesteres- intuí que seguro que encontrábamos a alguien vendiendo su entrada en la puerta. ¿EEUU no puede ser muy distinto a Europa en estas cosas, no?

Estábamos en el teatro con la antelación necesaria y preguntaba a la gente que empezaba a llegar por si tenían entradas “de sobra.” De repente alguien me tocó la espalda de manera poco amistosa y al girarme un tipo negro que rondaría los 2 metros y con cara de pocos amigos me levantó cogiéndome por la pechera. Empezó a hablar muy lento y claro y le entendí a la perfección: “Este es mi negocio, tío. Si quieres entradas me las compras a mi. Puedes preguntar pero si alguien tiene entradas, me llamas a mi, las compro y te las vendo. ¿Esta claro?” La cosa estaba clarísima. Incluso si no hubiera estado realmente asustado la escena podría parecer hasta graciosa.

Él preguntaba a la gente que llegaba por la derecha de la calle y yo a los que llegaban por la izquierda. De vez en cuando me giraba para verle y siempre lo pillaba mirándome amenazadoramente. Al rato un tipo con pinta de no haberse duchado desde la caída de las torres gemelas me dijo que tenía 2 entradas pero que eran de palco y no eran baratas. “Te cobro lo que me han costado a mi, 80 dólares cada una.” Al girarme, mi amigo el del “negocio” ya estaba junto a mi. Me apartó, esta vez con menos violencia, y le compró las entradas al chaval alérgico al jabón. “solo 250 dólares por las dos” me dijo sonriendo.

El concierto fue fabuloso, mejor de lo que me había imaginado. Casi una orquesta completa secundaba al cantautor de Chicago. El sonido fantástico, los arreglos maravillosos, la conjunción del grupo con la audiencia perfecta,… y todo desde un palco en un teatro de Broadway!! Incluso a mi mujer le gustó de verdad el concierto!!! (normalmente finge que le gusta para agradarme y yo finjo que le creo, claro.) Pero… siendo uno de mis 10 conciertos más especiales a los que he acudido, no dejaba de darle vueltas a la vergüenza (y cierta rabia y cierta indignación) que volvía a sentir al acordarme del acuerdo previo.

Una de las cosas que siempre me han gustado de las emociones es cómo se mezclan unas con otras. Como pueden convivir en perfecta armonía emociones aparentemente irreconciliables. Últimamente, en muchos cursos comerciales surge el tema de los frenos y aceleradores. En todo cambio, incluida la decisión de compra, suelen mezclarse emociones (y argumentos) a favor y en contra. Y nuestro trabajo es entender ambas para minimizar unas y amplificar otras. Cuando en una decisión no se dan ambos componentes, aunque al principio puede parecer el escenario ideal, a mi siempre suele rechinarme el asunto.

PD: Ni siquiera llegó a molestarme esos estúpidos disfraces de ¿libélulas? que llevaban varios componentes de la banda de Stevens. Divina magia.

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