El verdadero poder del mando intermedio

El dichoso Norton ha traído más de una lágrima a mi casa. En realidad el pobre pajarraco no tiene culpa ninguna. Pero, le guste o no, se encuentra en el epicentro del terremoto. Eso sí, un terremoto repleto de criterio y sabiduría.

En el cole de mis hijas, como en muchos otros, en cada clase hay una mascota. En el caso de mi hija mayor, la mascota es un pájaro azul de peluche llamado Norton. Es una práctica habitual. Incluso en otros centros la mascota es una animal de verdad. ¿Y para qué sirve? Pues aparte de su utilidad en el aula, todos los viernes uno de los niños se lleva al bicho a su casa. Es un premio. Cuando vas recoger a tu hijo/a el viernes a las 5 de la tarde y ves a uno de los peques especialmente contento y orgulloso, suele tener a Norton en sus brazos.

Y aquí viene el quid del tema. El profe podría elegir entre los cuatro criterios universales de adjudicación.

1 Podría utilizar la dedocracia, elegir al que te da la gana y sin ningún motivo concreto que justifique el nombramiento. Obviamente este sería el peor de los criterios aunque en otros escenarios nos suene demasiado esta alternativa (mundo empresarial y político al frente.)

2 También podría sortear la transferencia. Aparentemente más justo, pero solo aparentemente. Hace muchos años cuando dos equipos de fútbol empataban una eliminatoria, el pase a la siguiente ronda se resolvía lanzando una moneda al aire.

3 Y están los turnos. Así todos los niños se llevarán a Norton el mismo número de ocasiones. ¿Este sí es el más justo, no? No creo, pero para los profes perezosos es el menos trabajoso.

4 ¿No se supone que Norton es una herramienta de motivación? ¿No debería ser un premio al comportamiento, a las calificaciones o en general a la evolución? La cuarta opción es la meritocracía. El profe presta el pajarraco al que él considera que más lo merece. Incluso algunos utilizan la extraña meritocracía vinculada donde al niño que aún no se lo merece se le intenta motivar otorgándole el premio como incitador del cambio (algo así como el Nobel de Obama, ¿no?) El merecimiento entra en escena para erigirse en el criterio más utilizado por la mayoría de los docentes escolares. Sí, algunos niños salen los viernes gimoteando mientras tratan de hacerse entender entre sus sollozos, y los padres apenas alcanzamos a intuir… “Laura Gómez se ha vuelto a llevar a Norton a su casa. Ya es la tercera vez. Y yo aún no me lo he llevado.” Y aunque la tristeza nos rompa el alma, miramos a la profesora, esta nos sonríe con resignación y entendemos perfectamente cual es su función: educar. Y en la educación es primordial enseñar que portarse bien o portarse mal tienen distintas consecuencias. Al fin y al cabo, la meritocracía es el único de los tres (eliminemos la dedocracia, obviamente) que aporta instrumentos eficaces de gestión al líder. El problema es que requiere ser explicada nítidamente o podrá confundirse con la dedocracia.

Comienzo muchos cursos de gestión de personas para mandos intermedios hablando de Norton. Les explico el asunto. Y luego tratamos de analizar todas las herramientas que poseemos para motivar a nuestros compañeros, que son muchas más de las que intuimos. Descubrimos muchas, pero todas se articulan en tres ejes: decir Si o NO a “cosas”, dar prioridad de elección en otras “cosas” y, hacer la “vista gorda” o no a deslices varios. Y entonces descubrimos que todos esos recursos reales de gestión pueden administrarse a través de esos cuatro criterios universales: dedocracia, sorteo, turnos y meritocracía. Y nos preguntamos por qué durante tantos años hemos decidido no gestionar realmente nuestras herramientas y dejar que sea la aleatoriedad o los turnos los que lideren a los equipos. Es sencillo, el desempeño debe condicionar el día a día de cada trabajador. En enemigo es “lo haga bien o lo haga mal no me afectará en mi día a día.”

Y no estoy hablando de la evaluación de desempeño, eso es un paso más que requiere otras cosas y obliga normalmente a negociar convenios en otras jerarquías. Ambas estrategías son complementarias. Esta es otra cosa más operativa pero que requiere habilidades lingüísticas para gestionarlas.

¿Te suena la frase “conoce tus productos.”? Es una obviedad, si no dominas lo que vendes será complicado venderlo. Sin embargo en el plano directivo no suele ser tan habitual que el mando domine de verdad los “productos” que vende a sus compañeros. Así que, como afirmaban los fabulosos Saints “Know your product.”

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