Religión, sexo y formación

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Normalmente las personas entendemos el contexto. Lo entendemos. Y lo hacemos desde una tierna edad. Desde que empezaron a hablar, mis dos hijas entendieron que en el coche de su madre podrían escuchar sus canciones. Primero Cantajuegos (madre mía, que tormento, aún tengo pesadillas), luego pelis Disney y ahora las dos lo petan con Violetta. En fin, es el coche de mi mujer. Pero también entendieron que en mi coche solo suena R&R. No sean muy severos conmigo. En realidad, mi mujer dice que yo soy demasiado blando con ellas y sus peticiones. Pero la música es mi kryptonita. La cuestión es que mis hijas nunca se han quejado por ello. Lo han dado por hecho y, como hacen la mayoría de los niños, han aprendido a disfrutar también de la extraña música de sus papis. Eso sí, cuando alguna de mis canciones les ha gustado no he podido librarme de ponerla una y otra vez de forma consecutiva hasta que casi termino cogiéndole manía.

La mayoría de la música que escucho está cantada en inglés, pero de vez en cuando también hay temas (grupos) que cantan en otros extraños idiomas. Como el castellano. Desde hace unas semanas mis hijas están enganchadas a un trepidante tema de los Surfin´ Bichos llamado “Hey Lázaro.” Aún no le he cogido manía, ni creo que lo haga. Algunos temas, por mucho que los escuches, no tienen fecha de caducidad. La cuestión es que Carla -mi hija mayor- me interrogaba el otro día acerca de la letra de la canción. Claro, la letra, mecachis. Y entonces con mis exiguo conocimiento religioso le hablé de Lázaro.

«Papi, ¿Por qué dice “sueña húmedo, dirige tu nave hacia la humedad. Levántate, elévate y piérdete en la humedad”?» «Papi, ¿Y por qué dice “entre las medias está la señal”?» Y de repente lo vi, tuve la “visión.” El Lázaro bíblico es solo una metáfora, una analogía sobre un pene que recobra su ímpetu juvenil. Ostrás… ¿y que le cuento a Carla? pensé y maldije en silencio.

Bueno lo que le dije es irrelevante pero la situación me sirve para compartir algo con vosotros. Me ocurre muchas veces. Tengo una idea, un concepto o una nueva técnica recién descubierta. La tengo más o menos clara y entonces me atrevo a compartirla en una clase. Y cuando tengo que hacerlo, cuando debo ordenar mis ideas para compartirlas con otros es cuando muchas veces llego a entender completamente lo que tengo entre manos. Suelo aconsejar a muchas personas que den clase (aunque sea a colaboradores o compañeros de trabajo). Y les suele ocurrir lo mismo. Esa labor docente ayuda a anclar conceptos, a fijar estructuras, a delimitar planteamientos e incluso a sintetizar y redefinir. A veces incluso creo que debo poner cara de idiota porque contando algo (que se supone que domino) mi expresión debe transmitir un halo de descubrimiento e incluso de cierto regocijo y satisfacción egocéntrica. “¿Anda, así que era esto. Ahora lo veo.”

Así que, queridos lectores, anímense y entren en este selecto y fastuoso club. Sean bienvenidos al club de formadores del descubrimiento del segundo advenimiento. Amén.

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