Cosas que no envejecen

Valencia, septiembre de 2010. Rafita, un servidor y nuestras abnegadas esposas estábamos a punto de disfrutar del festival Turbo Rock en la capital levantina. Mudhoney, Young Fresh Fellows, The Muffs, Hoodoo Gurus, Redd Kross y Soundtracks of Our Lives (entre otros) dibujaban un cartel de dos días pantagruélico. Nuestras chicas decidieron quedarse en el hotel la primera noche para acudir con fuerzas recobradas a la cita del sábado. Así que el simpar Rafita y yo acudíamos solitos pero ilusionados a la sala Spook a disfrutar de la primera velada. A los dos nos hacía mucha ilusión ver a los suecos Soundtracks of Our Lives sobre las tablas. Eran, y siguen siendo, una banda con un fondo de armario musical muy variopinto que encaja como un guante en nuestro propio cóctel personal.

Era viernes, la semana de ambos había sido de aúpa y los dos ya nos acercábamos peligrosamente hacia los 40 tacos, así que pasadas unas cuantas horas la noche empezaba a ponerse dura. De repente, justo antes de que salieran los suecos, Rafita se fijó en una pequeña tarima a la derecha del escenario desde donde se vería de lujo y que, extrañamente, estaba casi vacía. Hacía allá fuimos y ahí nos quedamos. Incluso había algunas banquetas altas y una pequeña barra. De cine. Y solo dos o tres tipejos cerca. Genial. Nos dio la impresión de que nada más aterrizar nosotros en la zona, otros empezaron también a subir y de repente el área perdió algo de gracia (y glamour). Aunque llegar primero sigue teniendo sus ventajas ¿no?

El conciertó ya había comenzado y los de Gotemburgo ya estaban dándolo todo. De repente una chica (a la que los años no le habían tratado demasiado bien) llegó a nuestra zona y empezó a desalojar de mala manera a algunos de nuestros vecinos de zona vip. Un par de tipos se pusieron chulos con ella y lejos de amedrentarse, los gestos de ella mostraban aún mayor enojo y frustración. Primero Rafita (como buen caballero andante que es) y luego yo, salimos a la defensa de la damisela en apuros. En realidad ella solita se las gastaba muy bien y no necesitaba nuestra ayuda, pero nosotros sí necesitábamos la suya.

«Oye, vaya par de idiotas esos dos. ¿Pero qué se creen? Si no deben estar aquí que se bajen y punto. Cómo se han puesto chulos porque eres una tía. Que asco» … empezó Rafita.

«Ya ves. Esta es zona vip y de prensa, y aquí solo se quedan los que tengan pase. Y mi trabajo es que sea así. Y nadie me va a ningunear.» … respondió ella.

«Claro, así debe ser, que algunos estamos trabajando. Pero claro estos van como van. Tú tranquila que si vemos que se suben otros jetas te avisamos. Y que no se les ocurra ponerse chulos contigo también o tendrán que vérselas con nosotros dos.» … añadí yo.

«Gracias tíos, no sabéis la de imbéciles que me toca tragar. Pero de mi no se ríe nadie. Y gracias por echarme un cable. Como yo tengo que estar por aquí en mil sitios no puedo estar pendiente de todo. ¿Me avisáis si otros tratan de colarse, vale? Ah, y si os apetece una rayita aquí está la Tere para ayudaros.» … sentenció “la Tere” mientras chocaba nuestras manos de forma melodramáticamente masculina. Obviamente declinamos su amable proposición.

Al día siguiente Rafita y yo le contábamos el episodio a nuestras chicas y charlábamos en la comida sobre la vigencia de los “acompañamientos.” Hay técnicas y herramientas lingüísticas que envejecen mal, algunas quedan obsoletas incluso antes de empezar a utilizarlas. Pero esta, que fue una de las primeras que aprendí hace ya demasiados años, sigue siendo más que efectiva. Al fin y al cabo, simplemente es la operativa que aterriza la manida “empatía.” Como dice mi padre “Volar es opcional pero aterrizar no lo es.”

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