Malos criterios de compra

 

Finales de agosto pasado. Martes noche. Mi mujer y yo estamos cenando en la casa de una pareja de amigos mientras nuestros vástagos atronan en alguna habitación. Hablamos de lo terrenal y de repente, sin querer, surge lo celestial. Mientras su mujer está al teléfono, le pregunto al marido por las creencias religiosas de su mujer (la llamada ha dejado a medias este tema). Él nos cuenta un curisoso episodio que recientemente ha ocasionado el renacimiento de la fe religiosa de su mujer. Cuando su esposa cuelga el teléfono -como ha estado también al tanto de la conversación de la mesa (gran virtud)-, hablamos un largo rato sobre el asunto. Ella trata de justificar su decisión. Y aunque yo no comulgue con sus creencias, me preguntaba en silencio… ¿Por qué demonios tiene que justificar su fe? ¿Acaso tiene algo malo su postura?

Una semana antes, en el cumpleaños de esta amiga, unas personas que acababa de conocer me instaban a bailar algo que no me gustaba. Y yo acabé justificando porqué no puedo (¿debo?) bailar la música que no me gusta. Y ellos obviamente no entendían nada.

Otro amiguete -un papá del cole de mis hijas- no come sushi. Y en varias reuniones sociales me he percatado de que tiene que justificar su decisión ante las caras incrédulas de sus tertulianos.

¿Pero en qué mundo vivimos? ¿Por qué necesitamos justificar decisiones aparentemente coherentes? ¿No es lógico que las personas abandonemos y/o perdamos la fe ante acontecimientos que nos marcan? ¿No es coherente que si una música te llega, bailes, y que si no te seduce (más bien la aborreces), las ganas de bailar se evaporen? ¿Es que todo el mundo deber comer pescado crudo y los que no lo hagan tienen que justificar tan retorcida decisión? ¿Por qué?

Creánme, yo soy el primero al que le encanta analizar los criterios de decisión escudriñando cada uno de sus recovecos. Pero esto es otra cosa. Analizar tus propias decisiones o las de otros a nivel laboral (clientes o colaboradores) tiene su gracia y relevancia. Pero no comulgo con que alguien, contra su voluntad, deba justificar decisiones en principio totalmente legítimas simplemente porque la mayoría no las comparte.

Centrémonos en el baile. En realidad soy yo el que se siente confuso ante personas que bailan música que no les gusta. Si están de “caza” puedo llegar a entenderlo, pero muchos bailan con su pareja cerca. ¿El alcohol? No sé, supongo que podría encontrar muchas explicaciones pero qué quieren que les diga… sigo viendo más coherente mi postura.

¿Dónde quiero llegar? Hace unos días analizábamos en un curso comercial todos los posibles criterios de decisión que pueden tener sus clientes. Y asociamos todas las causas que condicionan a estos criterios. Convinimos que cada cliente, de forma consciente o inconsciente, tiene su propio cóctel. Una sola causa o, normalmente, varios criterios. Y hay un mix con distinto peso para cada persona. Lo curioso del asunto es que cuando tocaba desarrollar las herramientas para diagnosticar el peso específico que cada cliente le da a esos criterios, los alumnos prefirieron centrarse en criticar algunos de esos criterios, aunque les favorecieran. Tardé unos segundos en entenderlo. Ya. “No solo quiero que me compren, quiero que lo hagan por los motivos correctos. Correctos según mi criterio, claro.” Uffff. Vaya mundo. Cuanto ego. En esto no nos faltará trabajo nunca.

¿Adivinan la conexión del texto con el tema musical? Happy Alone de Saintseneca.

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