Bañándome en dolor

Este no es un post de respuestas sino de preguntas. Bueno, de una sola pregunta. Una pregunta sin respuesta. Al menos yo no la tengo. O tengo demasiadas y no se cuál es la buena. Si es que hay alguna buena, claro.

Uno de las desatinos más comunes entre la gente que colecciona cosas es reorganizar su colección de vez en cuando cambiando el criterio de clasificación. Nick Hornsby lo explicaba muy bien en su hilarante libro “Alta fidelidad”. Perpetro esta estúpida maniobra en mi colección de vinilos. Si subes al último piso de mi casa seguramente te encontrarás mi colección de lp´s por orden alfabético. O tal vez estén por géneros. O incluso por orden de compra (si, ya sé, un poco enfermizo y nada práctico.)

La cuestión es que hace unas semanas estaba cambiando la clasificación y me percaté de algunas ausencias inexplicables. Dios mío ¿qué había pasado? Es cierto que aunque este año he vuelto a pinchar algunos de esos vinilos hacía más de 15 años que no ponía ninguno en el tocadiscos (aunque obviamente he seguido comprando más de los que debería de manera obsesiva). Ya saben, los dichosos mp3 y su practicidad nada glamurosa. Ante estas incomprensibles omisiones mi memoria empezó a trabajar. Y de repente, al igual que un coche que sale de una curva y se aproxima velozmente hacía ti sin posibilidad de esquivarlo, la explicación me llegó: Lillo. El maldito Lillo. Bueno, en realidad no fue su culpa pero… ¿Cómo había podido olvidarlo? ¿Tanto daño me causaba que mi mente lo había enterrado tan profundamente?

Les cuento. Lillo era un amigo del instituto. De inicio nuestros gustos musicales eran diametralmente opuestos. Él venía del heavy y yo del R&R clásico. ¿Qué nos unía? Obviamente el desapego a la música más comercial. ¿Y por qué no íbamos con amigos con gustos similares? Pues no sé, creo que los dos queríamos ser “distintos” y tener amigos “del mismo palo” hubiera eliminado ese factor diferencial. Lo curioso del tema es que poco a poco fuimos encontrando caminos y cruces musicales comunes. Recuerdo que por mi decimo quinto cumpleaños me regaló el segundo álbum de Led Zeppelin solo para fastidiarme. Evidentemente terminó encantándome aunque entonces no supiera por qué. Esta extraña amistad nos ayudó a ambos a abrir nuestras perspectivas musicales. Y poco más.

La cuestión es que Lillo empezó a pinchar en un pub del barrio. El Supporter. Como buen dj él tenía que llevar sus propios vinilos. Y me pidió algunos. Ya por entonces nuestros gustos musicales se habían ampliado debidamente y el fondo de armario de ambos tenía las dimensiones necesarias para un chico sensato de 17 años. Stooges, Sonics, Replacements, Chocolate Watchband, Lyres, Flamin ´Groovies,… Unos meses más tarde la habitual riada de septiembre que en esa época paralizaba Alicante devastó el pub y la mayoría de los vinilos que ahí estaban.

Al volver a recordarlo quedé abatido. Literalmente hecho trizas. Si, soy consciente de que aunque esos sagrados vinilos siguiesen en mi poder sería muy poco probable que los pinchase. También los tengo en cd y en mp3, la música no se ha perdido pero… por favor, entiéndanme, no es una cuestión nostálgica. Simplemente son mis vinilos. ¿Recuerdan la relación del Golum con el anillo? “Mi tesoro”. pues algo así.

No contento con este triste descubrimiento decidí seguir tirando del hilo. En casa de mi madre busqué y encontré una vieja libreta donde apuntaba todos los vinilos, cd´s, libros y videos que prestaba en los 90. ¿Estilo Mr Scrooge del Cuento de Navidad de Dickens? Y allí estaba el listado de los vinilos muertos en combate en el Supporter. Todos habían dado su vida haciendo lo que mejor sabían hacer. Todos eran soldados caídos en acto de servicio. No había ninguno no que no se merezca estar entre los 100 mejores álbumes de la historia. Bueno, tal vez el disco en directo de los Ilegales no entrase entre los 100 pero el resto si. ¿Saben cuantos vinilos fallecieron ese día? ¿Cuántos valerosos hijos perdí entre el fango y la mugre? 53!!!! Dios mío, todo un genocidio.

¿Por qué comparto con ustedes uno de los episodios más dolorosos de mi -por otro lado nada triste- adolescencia? Para hacer una pregunta. ¿Por qué nos gusta recrearnos en el sufrimiento? Una vez descubiertas ciertas ausencias en mi colección ¿por qué seguir adelante en una búsqueda que obviamente me depararía aún más amargura y desolación? ¿Si ansiamos la felicidad (¿la ansiamos, no?) por qué nos deleitamos y profundizamos en el dolor? Ya, somos seres complejos, contradictorios y desconcertantes. Pero… Y la pregunta del millón ¿Por qué un adolescente coleccionista compulsivo de vinilos le deja a un amigo 53 vinilos para pinchar en un pub? Si cualquier economista del tres al cuatro me hubiese hablado entonces de la diversificación. Ay.

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2 respuestas a Bañándome en dolor

  1. Jajajajaj. Vaya tela con el Lillo. También pasó por mi casa!

  2. rafael valiente dijo:

    creo que la mejor forma de superar el dolor es ofreciendo un duelo a la misma altura, y recordando lo mejor de la figura desaparecida,…… 53 discos??? se merecen una sesión hasta el amanecer.

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