Ya es todo tuyo.

Viernes por la tarde. Volvía en el AVE de Madrid tras una semana agotadora. Aunque tenía bastante trabajo de oficina programado para el trayecto estaba algo perezoso. Así que me dedicaba a uno de mis placeres más sencillos. Escuchar. Curiosear conversaciones ajenas. Ya, es un poco maruja pero me encanta. De vez es cuando escucho alguna historia, o una frase o incluso una sola palabra que me atrapa y me seduce. Mi radar rastrea alternativas cerca de mi área de influencia. Incluso si no encuentro nada interesante a mi alrededor suelo ir un rato a la cafetería a ver si encuentro algo a lo que hincarle el diente.

Delante de mi, cuatro personas charlaban sobre un curso que acababan de “sufrir” en Madrid. Lógicamente este tipo de conversaciones me suelen interesar aún más. Dos chicas y dos chicos no dejaban de criticar la formación, al formador, la comida e incluso la temperatura de la sala. Entonces uno de ellos empezó a contar una historia. Al principio no la reconocí (había cambiado algunas cosas) pero al cabo de unos segundos descubrí que contaba algo que me pasó a mi en Canarias y que a veces he contado en alguna clase para explicar algún concepto comercial. El tipo lo contaba en primera persona para tontear con sus compañeras. Curiosamente calcaba mis inflexiones de voz y mis silencios. No pude evitar esbozar una sonrisa.

Unos minutos más tarde los cuatro se largaban hacía la cafetería. Al pasar a mi lado, el chico me reconoció y cruzamos unos segundos de formalidad. Me pareció que ni siquiera era consciente de donde había sacado la historia que acababa de contar.

Las personas que nos dedicamos a contar cosas no podemos evitar que nuestro mensaje se transforme, deforme o mute constantemente. En realidad es normal. Una vez que sueltas cualquier cosa, los demás tienen todo el derecho del mundo a utilizarlo a su antojo. A cortar y pegar hasta encontrar algo que les sirva. Y la utilidad también la eligen ellos. Nunca habría pensado que esa anécdota sería más útil para hacerse el listo en una tertulia de candoroso ligoteo.

Es posible que hace unos años esta experiencia me hubiese contrariado. Hoy casi me parece un halago. Incluso el hecho de que el chico lo cuente para tontear no significa que no utilice también la historia en entonos menos lúdicos. Y puede que al contar el relato la metáfora implícita cale aún más en su inconsciente. Una vez leí algo así como que uno no aprende realmente algo hasta que se lo enseña a otros.

En la música pasa algo parecido. Una obra (un álbum completo o simplemente una canción) posee para su creador un enfoque e interpretación concreta. Sin embargo cada oyente puede (e incluso debe) extraer sus propias conclusiones. A veces incluso totalmente alejadas de la idea original del creador. Uno de mis libros favoritos es El príncipe de Maquiavelo. Pero tengo la sensación de que mi interpretación del mismo es muy distinta de la habitual.

Extrañas condiciones… las que dibujan y acaban de perfilar cualquier historia. Condiciones personales y difíciles de transferir en todo caso.

Hace años descubrí por casualidad una canción (Strange Condition de Peter Yorn) que puede que esté en mi top 100 de canciones. No sé absolutamente nada de su autor. Ni quiero saberlo. Tengo un par de álbumes suyos que creo que no he escuchado. Prefiero mantener ese halo de misterio que para mi esconde su canción. Misterio y extrañeza. Seguro que él no quería que esto pasara. Seguro que preferiría que escuchara toda su obra y me informara sobre el artista. Que sería lo normal si realmente me gusta tanto esta canción. Pero… extrañas condiciones.

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