Una pareja malavenida

La semana pasada estuve en Badajoz impartiendo un híbrido curso-consultoría para una empresa de la zona sobre nuevas estrategias en Planificación Comercial. A mi socio (y amigo) Pablo Vergel y a mi nos tocaba bailar pegados. No es la primera, ni la última vez que bailamos juntos de esa manera tan “estoica”. Aunque el adjetivo “pegados” deba asociarse de manera distinta a la habitual en el baile.

En este curso in-company presentábamos herramientas, protocolos y procedimientos que empresas de otros sectores y negocios han puesto en marcha con éxito (y fracaso) a la hora de organizar e integrar su estructura interna, sus redes de ventas, sus redistribuidores y, por supuesto, a los consumidores finales.

El concepto fue ilustrar estas estrategias con casos de éxito de distintos sectores (Moda, Tecnología, Mueble, Servicios, etc…) para que el Departamento de Planificación Comercial, pudiese valorar si estos enfoques eran aplicables a su empresa.

¿Por qué dos formadores? Pues… hay varios motivos. El primero es que Pablo tiende más a la estrategia y yo más a la operativa. Ni mejor ni peor. Simplemente nuestro pasado nos marca. Pero lo más importante es que, a pesar de nuestra amistad, no solemos estar de acuerdo en muchas cosas. No es que nos guste chinchar al otro (bueno, un poco sí), es más que vemos casi todo desde puntos de vista diferentes. Y este antagonismo es fantástico para este tipo de curso. Lo siento, no existe la clave del éxito. No hay una estrategia fabulosa que sirva para cualquier empresa y que lleve irremediablemente al éxito. Pero aunque lo sabemos, sin darnos cuenta solemos decantarnos hacia aquellas estrategias que hemos vivido como exitosas. Y en ese momento donde el docente se moja, puede ser fantástico tener un tipo al lado que critique inteligentemente ese supuesto “santo grial”.

Y la verdad es que nos tomamos muy en serio nuestro rol discrepante. Incluso, aprovechando nuestra amistad, con talante juguetón no solo discrepamos en las estrategias del “oponente” sino que incluso en la forma de exponerlo y en las destrezas del contrario. Como esas canciones cantadas a dúo donde los intérpretes discuten en sus fraseos. Ya sabéis, rollo “Pimpinela”. Aunque como no voy a ilustrar este post con una canción de Pimpinela, también podría decirse que recuerda a la relación que mantenían Bonnie y Clyde. Y cuando terminaba la función, como manda el fair play, nos íbamos juntos de cena a reírnos de nuestras estúpidas tretas de juglares finiseculares y tahúres sin demasiada fortuna. Probamos un jamón exquisito y probablemente el peor gin-tonic jamás ingerido por un ser humano decente (e incluso indecente). Asistimos atónitos a sendas derrotas vergonzosas ante el furor alemán mientras devorábamos setas, caracoles y partes del cerdo que no se muy bien donde se encuentran.

A la vuelta, 7 horas en coche que finalizaban en Alicante a las 4 de la madrugada del jueves, nos reíamos (para no dormirnos) mientras hablábamos de los grupos de música compuestos por amigos que al salir de gira ponen en juego su amistad. Demasiadas horas juntos, demasido cansancio acumulado, sueño, mucha carretera y mucho mucho ego dentro de una furgoneta. Quizás lo que nos salva normalmente a Pablo y a mi es el ego. A ambos nos encanta reírnos de nuestras estupideces y no tomarnos demasiado en serio.

Ah! Y hay cosas en las que sí estamos de acuerdo. El Hercules y Dylan como principio y final de casi todo. Bendita amistad.

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