Queja buena, queja mala

peces muertos

Julio de 2007. Una importante entidad financiera había contratado un ambicioso curso para formar a directores de oficinas. Una jornada completa cada mes del año. Quitamos agosto y nos quedan 11 sesiones de 8 horas. Cada jornada era impartida por un profesor distinto y las temáticas de cada sesión trataban de ampliar los conocimientos y capacidades de los mandos intermedios en diferentes ámbitos de su trabajo. Había distintos grupos esparcidos por todo el país. Julio era el mes en el que  impartía mi jornada al grupo de Alicante. De 9 a 2. Comemos todos juntos. Y de 4 a 7. Ese era el programa.

Tras una mañana productiva, acudíamos todos a la cafetería de Fundesem para el “avituallamiento”. Mi protocolo personal dicta que debo esperar a que todos mis alumnos se sienten para ocupar el lugar libre que quede. Es probable que ya tengan sistematizado donde y con quien suelen sentarse y prefiero que mi presencia no trastoque sus planes. Teníamos disponibles 3 mesas redondas. En cada una había dispuestas 8 plazas. Una mesa estaba en la terraza (a la sombra) y las otras dos permanecían dentro de la cafetería. Me tocó en una mesa en el interior.

Como en cualquier comida, los temas iban sucediéndose sin orden aparente. Algunos más interesantes y otros menos. En fin, una comida. De repente mis compañeros de mesa empezaron a hablar sobre la mesa de la terraza. “Vaya morro tienen. Son unos enchufados … El resto aquí dentro y ellos tan ricamente en la terraza. Como se nota de donde vienen!!! … Y teóricamente todos tenemos el mismo estatus pero…” Y así durante un par de minutos.

Al cabo de un ratito me acerco a la barra para preguntarle algo a Pepe (el responsable de la cafetería… bueno… y de mil cosas más). Cuando paso delante de la otra mesa de alumnos, escucho brevemente su conversación. ¿Saben sobre qué versa? Sí, sobre los “enchufados de la terraza”. Más o menos con argumentos y quejas similares.

Aprovecho para preguntarle a Pepe por qué una de las tres mesas come en la terraza y las otras no. “Ah!! ¿Es que también quieren comer fuera? Los de la terraza me preguntaron en Abril si podían comer allí. Y a nosotros nos da igual servir en un sitio o en otro. El resto no lo han pedido. Pero si quieren comer fuera, de verdad que no hay ningún problema.”

A las cuatro, cuando comenzábamos la sesión de tarde comencé la clase comentándoles mi conversación con Pepe. Perplejidad y vergüenza eran visibles en los rostros de mis alumnos. Bueno, de casi todos mis alumnos. Otros seguían quejándose: “Ya, pero podían habérnoslo dicho. Cómo vamos nosotros a saber que había que preguntar.”

Si no nos quejáramos sobre las cosas seguramente todo seguiría igual. Sin quejas tal vez continuásemos viviendo en cuevas y llevando taparrabos. Bienvenido sea el descontento que mueve al cambio, a la mejora y al inconformismo. Pero despidamos a la queja sistemática que paraliza, que solo sirve para echar balones fuera, buscar culpables y para no analizar el problema con cierto espíritu autocrítico. Normalmente ser parte de la solución implica darse cuenta de que también somos parte del problema.

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