De crisis, barcos e ingenuos

¿Puedo confesarles algo curioso y, a la vez, un poco triste? Tras publicar mi nuevo libro algunos amigos y/o clientes me han preguntado si uno de los protagonistas del relato está inspirado en él/ella. Y lo gracioso del tema es que, de alguna manera, Benjamín -el personaje en cuestión-, está inspirado en todos ellos. Si esta dichosa crisis tiene algo bueno, es que seguramente está ayudando a que desaparezca cierta ingenuidad que embotaba a muchos directivos. Les copio un texto de mi libro:

Comencé a trabajar recién acabada mi especialización. ¿Recursos humanos? En ningún momento de mi recorrido académico tuve en mente orientarme por este camino. Pero… ¿acaso no nos pasa esto a muchas personas? Supongo que no es fácil para un estudiante postadolescente diseñar su futura vida laboral. Y aún menos fácil es acertar.

Al cabo de pocos años ya era el director de recursos humanos de la empresa. Pero realmente yo no me sentía como un director de recursos humanos. Casi todas las decisiones importantes que debía tomar eran fiscalizadas por la gerencia. No me malinterpreten. El mínimo sentido común dibuja un organigrama donde todos seamos supervisados. Pero es que llegué a sentirme como… «Benjamín, el administrativo». Selección de personal, formación, motivación, planificación… no hubo área alguna donde la intromisión de la gerencia no fuese desmedida. En poco tiempo mi motivación descendió a cotas microscópicas y tomé la decisión de abandonar el barco. Obviamente, no me fui hasta no tener otra embarcación a la que se me invitara a abordar.

Aparentemente el nuevo navío era perfecto para mí. En el proceso de selección para el puesto, decidí ser valientemente honesto sobre las razones de mi cambio. Las directrices de gestión de la nueva empresa navegaban por un rumbo diametralmente opuestas a las de mi anterior empresa. No lo dudé y embarqué rumbo a… a… bueno, rumbo al mismo puerto. Tras unos meses de adaptación y ajustes, descubrí la dolorosa realidad. La nueva embarcación zozobraba en las mismas aguas. Primero traté de acomodarme y, en una segunda fase, intenté, sin acierto, hacer virar el rumbo de la nave. Al final… volví a buscar otro barco en el que enrolarme para encontrar el rumbo correcto.

Mi maltrecha autoestima soporta nueve embarcaciones hundidas en su haber. Fragatas, galeones, buques, transatlánticos y algún yate de recreo. A día de hoy, ya soy consciente que el error debe de ser propio. Seguramente el problema esté en mis expectativas y en mi manera de afrontar la divergencia entre estas y la realidad.

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