Secuestro emocional de la razón. Forma y contenido II

No todos la tiramos, pero todos la generamos

Una persona llega a su casa a las diez de la noche tras una jornada laboral agotadora. Al abrir la puerta, percibe un desagradable olor que surge de la cocina. “Otra vez ha olvidado tirar la basura.” Recorre con paso firme el pasillo y abre la puerta que da al salón. Su pareja se encuentra en el sofá, copa de vino tinto en su mano derecha, distrayéndose con cualquier tontería que emiten en la televisión. La reacción del recién llegado no se hace esperar: “Lo tuyo no tiene nombre. Vaya morro tienes. Una cosa. Solo una cosa te toca hacer antes de irte a trabajar, y se te olvida. ¿Es que tirar la basura es muy sacrificado para ti? ¿Es que, al entrar, no te has dado cuenta de cómo huele toda la cocina? ¡Egoísta!”

Lo lógico sería que la persona atacada asumiera su culpa, pidiera perdón y corriera veloz a tirar la basura. Pero todos sabemos que en muchas ocasiones los acontecimientos se suceden de otra manera. “¿Cómo me hablas así? … parece mentira… ¿Tú sabes el día que he tenido hoy? En lugar de entrar en casa y preguntarme por cómo me ha ido hoy, vas y te pones a gritar por la asquerosa basura. ¿Crees que esas son formas de saludarme después de estar más de trece horas sin vernos? Parece que ya no me quieras y mucho menos me respetes.”

Y, a partir de ahí, la conversación suele escorarse hacia una de las dos direcciones más comunes. Lo habitual es que empiece una batalla campal lingüística excesiva y evitable. O bien que la persona que acaba de llegar a casa se sienta culpable por su inicio de la conversación y, arrepentido (o arrepentida), pida disculpas y, posiblemente, le toque ir a tirar la basura. Más tarde pensará: “¿Qué ha pasado aquí? ¿Cómo le ha dado la vuelta a la tortilla? ¿Cómo he pasado de víctima a culpable en quince segundos? ¡Cómo me ha manipulado!”

Pues bien, lo que ha pasado es que … la forma se ha comido al contenido. Cuando conversamos, siempre existe una forma (la manera en la que decidimos expresarnos) y un contenido (lo que queremos exponer).

Cuando escuchamos una reprimenda siempre podemos elegir. Elijo el contenido (no he tirado la basura) y pido disculpas. O elijo la forma (la ofensa), me indigno y decido contraatacar. Normalmente esta opción es más beneficiosa, porque permite pasar de perseguido a perseguidor.

Si me atacan… me defiendo. Si me defiendo… me atacan

Aunque hay otras posibilidades (huida, parálisis, etc.), el contraataque suele ser la alternativa más habitual porque es la más práctica.

En el contexto empresarial el juego es muy similar. Un mando intermedio le reprocha a un subordinado: “¿Pero cómo has podido equivocarte otra vez en algo tan sencillo? Chaval, hay que ser muy burro para volver a meter la pata de este modo. Ni los becarios se confunden en esto. Y tú llevas aquí tres años. Más te vale ponerte las pilas.” El subordinado puede elegir. O quedarse con el contenido (“Debo ponerme las pilas”). O quedarse con la forma (“A mí este tío no tiene por qué hablarme así. ¿Qué se ha creído? ¡Con la porquería de sueldo que me paga!”) ¿Con qué creéis vosotros que se quedará? Obviamente, con la segunda. También podría retener los dos mensajes, pero seguramente la huella del segundo será más duradera.

Y es que forma y contenido son las dos caras inseparables de una misma moneda. El contenido siempre está expresado a través de la forma. Y la forma siempre revela el contenido. El contenido puede estar ligado a aspectos tanto racionales como emocionales. Mientras que la forma normalmente agita el mundo emocional. Por eso, algunos expertos llaman a este fenómeno tan cotidiano el secuestro emocional de la razón.

La conclusión subyacente es que, cuando inevitablemente tenemos que exponer algo con un contenido duro, es más efectivo emplear una forma suave. No por motivos de educación, sino para que el contenido prime sobre la forma. Para que la forma no logre secuestrar el contenido.

Parafraseando a Daniel Goleman “No es que pretendamos eliminar la emoción y poner la razón en su lugar, sino que nuestra intención es la de describir el modo inteligente de armonizar ambas funciones. El viejo paradigma proponía un ideal de razón liberada de los impulsos de la emoción. El nuevo paradigma, por su parte, propone armonizar cabeza y corazón.”

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